Todas diferentes, todas violetas
Marcela Reyna
Un acercamiento al realismo desde la modernidad
8 de marzo de 2020. Desde las 9 am empiezan a
llegar grupos de mujeres y mujeres solas al monumento a la Revolución, en la
colonia Tabacalera de la Ciudad de México. A ese sitio, donde yacen los restos
de patriarcas de la nación del siglo XX, como Madero, Calles y Cárdenas, cientos
de mujeres se apersonan para gritar consignas de reivindicación de los derechos
de las féminas del siglo XXI. Mujeres que representan a todas las clases
sociales, ideologías, estatus y condiciones. Mujeres de largos cabellos de
colores y al viento, y mujeres de largas trenzas coloridas por los listones que
los sujetan. Mujeres con casquete corto, figura masculinizada y camisetas
estampadas con la bandera de la diversidad, y mujeres con corte de cabello de
hombre, con medias gruesas, faldas grises, chaleco azul marino y un crucifijo
que les cuelga del pálido cuello. Mujeres canguro con sus bebés en el pecho
después de haber estado en sus vientres, mujeres con pañuelos verdes en cuello
o cabeza representando los derechos de sus matrices, y mujeres que llegan sin
otra compañía que la esperanza de regresar salvas a sus casas donde las esperan
vocecitas que las llaman mamá.
A las 10:30 am ya hay miles de ellas reunidas en
ríos y ríos multicolores, pero con algún toque violeta que las hermana en un
solo cauce. Karina, Mariela, Carla, Edith, Gabriela, Diana, Alejandra, Grisel,
Imelda, Juana, Marijó… todos los nombres con el mismo denominador: ser mujer.
Con canas, en silla de ruedas, en minifalda, con huaraches, en pants, con
anteojos, sin un seno. Muchas con carteles que hablan de su aspiración a vivir
sin violencia por el solo hecho de ser mujeres, de la posibilidad de abortar legalmente
si así lo deciden, de su anhelo de transitar sin ser abusadas sexualmente, de la
urgencia de guarderías para sus hijos mientras trabajan. Muchas otras llevan
lonas impresas con la foto y el nombre de una hija, una hermana, una madre que
ya no está, que fue arrebatada y cuya búsqueda y localización exigen como una
tarea impostergable de los gobiernos, pero con apoyo de la comunidad; sin
embargo, esas fotos muestran sonrisas que nada tienen que ver con los rostros
endurecidos por el dolor de quienes las cargan los tres kilómetros que hay
entre el monumento y la Plaza de la Constitución, donde los nombres de esas
mujeres que no están se gritarán para no olvidarlos.
A las 12 h empiezan a caminar los contingentes, sin
embargo, son tantas las mujeres que los conforman que parece que no se mueven.
Es prácticamente imposible contar cuántas hay y prácticamente no es factible ver,
desde la parte más alta de la explanada, hasta dónde han avanzado sobre la
avenida Juárez rumbo al zócalo. El río violeta se convierte en oleada de
jacarandas que vociferan, brincan, aplauden y cantan. “Mi cuerpo, mi decisión”;
“Va a caer, va a caer, el patriarcado se va a caer”; “Hermana, yo sí te creo”;
“La revolución será feminista o no será”, una revolución que no tiene que ver
con el movimiento de Tierra y Libertad representado por una edificación a medio
construir que es el punto del que parte esta marcha; esta revolución –dicen las
que andan con el puño levantado– pretende llegar a cada rincón de la cultura,
las costumbres, los modos de producción, los servicios de salud, las jerarquías
familiares, los roles en la pareja: es una revolución para que las mujeres
tengan los mismos derechos que los hombres, pero con el reconocimiento de sus
diferencias y de las desventajas históricas a las que, señalan, han vivido
únicamente por nacer hembras.
Son las 13 h y la marcha se ha tenido que abrir por
calles paralelas a Juárez, pues son tantas y tantas que no caben en la avenida.
Algunas paran en el Hemiciclo a Juárez y pintan más frases, flores y símbolos
que las representan; dejan huella de su paso por esos sitios indiscutiblemente
erigidos para hombres, “padres de la patria”, héroes de las Américas, mexicanísimos
hombres que no se rajaron ante el devenir de la historia. Decenas de reporteros
con cámaras fotográficas y de video captaran sólo esas imágenes: las de las
mujeres “pintando monumentos”; no reparan (por ignorancia, por consigna o por
machismo) en las decenas de miles de mujeres que van en una pacífica fiesta de
hermandad y solidaridad mutua. Debe de ser porque esto último no vende tanto
como los desmanes de las feminazis, como las llaman.
A las 14:30 h, quienes iban al final de marea se
acercan a unos metros de asta bandera del Centro Histórico. Algunas entran a
empujones y otras deciden quedarse en las calles aledañas, desde donde
comienzan otra marcha pero ahora hacia sus casas, buscando estrategias para
volver a pesar de las estaciones del metro cerradas y los autobuses colectivos
llenos. A pesar del cansancio, buena parte de ellas abordan sonrientes el
transporte. Vuelven a su realidad, al estigma por ser mujeres, por ir a
mítines, por ser liberales, con esperanzas renovadas de que ahora sí son
muchas las que quieren el cambio, las que quieren una revuelta que no se libra
con armas, sino desde la razón.
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
ResponderEliminarBuenas tardes, Margarita, ¡feliz domingo!
ResponderEliminarLeí tu texto y, antes que cualquier cosa, me pude identificar con la frustración e impotencia que relatas. Muy acertado tu tema, aún en medio de la pandemia por COVID-19, la sociedad no debe pasar por alto la violencia que se ha vivido contra las mujeres a lo largo de los años en México y específicamente en estos dos años de la 4T.
Pienso que el tema que elegiste para tu narración es muy acertado al hablar de la corriente realista y considero que lo puedes explotar todavía más. Sería interesante escuchar el punto de vista desde un personaje principal, ¿cuál es su sentir, dónde vive, por qué está ahí, qué defiende o alega esta mujer, qué historia se esconde detrás de su mirada?
Describes bien el escenario y se pueden leer los contrastes entre las mujeres que inician una "nueva revolución" por ponerlo de algún modo, y los monumentos a la revolución así como los restos mortales de figuras masculinas de renombre del pasado de nuestra nación.
Me habría encantado leer más sobre el sentir de esas mujeres. Por la temática que manejas quizás podrías encontrar inspiración en Orfa Alarcón.
¡Saludos de tu colega Karla Sofía González Garza!
ResponderEliminarHola Marcela,
Espero que te encuentres bien. Me gustó mucho tu texto y creo que es un gran inicio para pensar en desarrollar algunos personajes si consideras convertirlo en algo más grande. Creo que podrías explorar esta diferencias entre las manifestaciones hechas por la cultura patriarcal, que bien señalas, el hemiciclo a Juárez, el Monumento a la Revolución. Dos lugares emblemáticos, el primero dedicado a un presidente glorificado por la historia, de quien se ha omitido todo lo negativo que hizo; por el otro el Monumento a la Revolución donde se resguardan los restos de hombres. Dónde están las mujeres en esa historia, creo que es un camino que puedes tomar a partir de la lucha que describes.
Saludos y gracias.
Buenas noches compañera Marcela
ResponderEliminarEs grato poder leer tu trabajo en donde desde el inicio nos ubicas en un ambiente no ajeno a la realidad, con los movimientos feministas como motores del cambio social en donde las mujeres han logrado conquistas en común y que hoy en día nos permiten gozar de derechos que en un pasado muy próximo fueron negados.
Relatas los personajes no como seres solitarios enfrentando a la sociedad, sino como parte de ella y el producto de las relaciones que vive con el espejo de esa realidad de su vida. Mediante la observación y descripción detallada no solo del ambiente, sino también de la realidad física, utilizas un lenguaje sencillo y preciso que busca la claridad.
El área donde considero que pudieras enriquecer un poco más tu narrativa, es en uno o dos personajes donde se aborden los motivos personales que las llevaron a manifestarse, como la clase social, nivel cultural, el espacio geográfico concreto en el que habita, la religión o el desarrollo político, que nos pudieran transmitir ese conflicto interno que las atormenta o motiva a manifestarse públicamente.
Gracias por compartir, tu compañera Margarita Delgado Reyes.