Una estrella, un recuerdo

[Un acercamiento al realismo desde la modernidad]

Por María Guadalupe Vega

Miércoles por la noche, camino a casa observo el cielo lleno de estrellas, neblina y el frío me cobija. Todo me hace recordar aquel 23 de febrero de 1994 cuando mi vida cambió, la mía y la de mi familia, todo me parecía un sueño, con tres años me era incomprensible saber qué pasaba en ese momento, mamá lloraba, gritaba, me abrazó tan fuertemente y lloré junto con ella.

            Mamá seguía llorando, inconsolable; mis tíos, mis primas y mi papá también. Y de pronto me di cuenta de que él ya no respiraba, sus ojos azules se habían cerrado, aquellos ojos azules que transmitía tranquilidad, esos brazos fuertes que me abrazaban, inmóviles, su rostro parecía estar descansando y jamás volvería a escuchar su voz jamás me diría “hija, siéntate a mi lado, comamos una naranja y observemos la gente pasar”.

            Al decirme eso, yo sabía que debía llevar dos naranjas, una para él y una para mí, tenía esa forma tan peculiar de pelar naranjas que la cascara quedaba lista para formar un collar y yo amaba eso, jugábamos y pasábamos todas las tardes ahí, sentados en una banca en el patio de la casa. Había días en que los vecinos nos acompañaban en nuestra rutina diaria, comíamos gajos de naranja, hielos de sabores, dulces y yo amaba eso, era feliz al verlo, con su poco cabello blanco como la nieve, sus ojos azules como el inmenso mar, sus brazos fuertes como un roble me abrazaban, me cobijaba, el amor para su nieta, la más pequeña, se desbordaba al decir mi nombre.

            Pero se fue, nos dejó después de cenar junto a la familia. Con el paso de los días, de los meses y principalmente de los años comprendí por qué se fue, y me encantaría regresar el tiempo y poder disfrutar más de su presencia. En la escuela me ponía triste al ver que mis amigos platicaban que iban a visitar a sus abuelitos, y el mío, el único al que conocí, yo sabía que jamás lo volvería a ver.

            Han pasado 26 años desde aquella noche y añoro tanto verlo, aunque sea por unos minutos. Mamá y papá me explicaron después que él, mi abuelo, mi cuidaría desde el cielo y al ver una estrella brillar, debería estar segura de que era él, que me sonreía y me recordaba que ahí estaba, acompañándome en este andar por el mundo. Me dejó como gran herencia el amor que me tuvo, esas tardes de risas, el amor al olor de la naranja y a querer sin esperar nada a cambio.

            Justo en este momento, en esta noche fría de febrero miré al cielo, pensando en el trabajo, en las próximas vacaciones, en mi familia, perdida en mis pensamientos apareció una estrella enorme y luminosa entre las nubes que cubrían la noche, la melancolía me invadió, pero también sentí un abrazo fuerte, muy fuerte y supe que era él, abrazándome desde la lejanía, pero sintiéndose tan cerca.

        Lo que más me alegra en esta noche, es que pronto podré visitar el lugar que lo vio nacer, conocer esos lugares por los que caminaba, la tierra que tanto amó y en la que trabajó para sacar adelante a su familia y llegar con un sueño desde Michoacán a la frontera, lugar donde vivió por más de 30 años y vio crecer a sus hijos, nacer a sus nietos y verme crecer a mí durante tres años.

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