Los de arriba y los de abajo

 

 Los de arriba y los de abajo

 Por: Karla Sofía González Garza

Al noreste de México se encuentra la Sultana del Norte, mejor conocida como la Ciudad de Monterrey. Cuando uno busca en internet imágenes de la ciudad se topa con bonitas fotos de postal en donde predominan aquellas tomadas en el Parque Fundidora, con el Cerro de la Silla de fondo.

A simple vista, el viajero inexperto, asombrado por las verdes e imponentes montañas que rodean Monterrey, puede considerarla bella.

En medio de estas montañas florece el extenso centro industrial y de negocios de la ciudad, también se levantan algunos rascacielos que sirven de oficinas y vivienda para los regios,  debajo de ellos se extienden zonas verdes bien cuidadas, así como largas calles y puentes que mantienen conectada a esta liosa ciudad de contrastes.

La postal del Parque Fundidora de la que hablé arriba hace referencia a la industria en la ciudad, razón por la cual es famosa y por la que recibe cada año inmigrantes del sur del país, quienes, a veces, desilusionados por no encontrar oportunidades de trabajo dignas, incomodan las intrincadas calles de la ciudad con su presencia en las esquinas. En Monterrey nadie quiere hablar de ellos y, por su puesto, uno jamás encontrará mendigos en San Pedro Garza García.

Aproximadamente 12 kilómetros al poniente de la ciudad se levanta orgulloso el Municipio de San Pedro, al día de hoy, este municipio no solo es considerado como el área de mayor riqueza y mejor calidad de vida en México, sino también como la más rica de América Latina. El lujoso San Pedro presume por albergar limpias y modernas avenidas, grandes residencias, centros comerciales de lujo, amplias zonas verdes así como hospitales y colegios de prestigio. Todos los regios quieren vivir “El sueño San Petrino”, aquel que implica ser dueño de una importante firma o dirigir un corporativo, sin olvidar la casa al pie de la pequeña parte de la Sierra Madre Oriental que, a manera de regalo, atraviesa San Pedro.

La señora Guadalupe Reyes, mejor conocida como Lupita, observa embelesada las montañas detrás de un inmenso ventanal, son las ocho de una mañana otoñal, afuera, hay cinco grados centígrados y algo de viento, pero esas ventanas resisten las inclemencias del clima de Monterrey, no como su casita de lámina sin ventanas ubicada en una comunidad llamada El Pozo, en una zona olvidada del municipio de Santa Catarina, el vecino pobre de San Pedro.

La casa de Lupita no posee ventanas, tan solo un hueco que hace de entrada hacia su hogar. La puerta de la casita es una construcción improvisada de madera vieja que su esposo tomó hace algunos años del basurero municipal y sus ventanas son los huequitos que quedan entre lámina y lámina, por donde el aire gélido de las noches invernales en Monterrey se filtra sin clemencia.

El sonido de unos pasos chirriantes bajando las escaleras despertó a Lupita de su ensoñación.

—Buenos días, Doña Lupita. ¿Cómo amaneció hoy? Acabo de leer en las noticias que cerrarán los comercios los fines de semana como medida preventiva ante la contingencia, hable con el chofer para que vaya al mandado antes de que cierren el HEB.  

Lupita posó primero sus ojos en los brillantes tennis Nikke de su patrona, que parecían recién sacados de su caja, después, en actitud sumisa, dirigió la mirada a sus ojos.

—Buenas, señora Claudia. Bien, fíjese que…

—¡Excelente! —la interrumpió su patrona con su voz grave y sensual —¡Ay, doña Lupita, tipo, me da muchísima pena en verdad, pero como su esposo es puestero y los casos de COVID-19 en el estado han repuntado, no quiero que vaya mañana a su casa. En verdad no podría prescindir de usted. Llevo dos días con cuerpo cortado, tipo, sin poder dormir, ahorita iré a Calzada a correr, tipo, para ver si me relajo un poco, ¿saca? ¡Todo este estrés de la pandemia me vuelve loca, Lupita! Ya ni las pastillas me hacen dormir. En fin, mi Lupita, ahí le encargo a los huercos, porfa. Que desayunen bien. Nos vemos al rato, ¡ciao!

Al decir esto, la señora Claudia bajó las escaleras dando brinquitos y desapareció. Era Claudia una mujer guapa y esbelta que no superaba los 35 años. Su esposo, un desgarbado empresario veinte años mayor que ella, la llamaba de cariño Clau, el hombre constantemente viajaba a los Estados Unidos y a China por cuestiones de trabajo, pero esto en ninguna manera incomodaba a Claudia, quien entre reuniones sociales y su vida como influencer había aprendido a llenar huecos sentimentales y, mientras su esposo proveyera para una vida de lujos y excesos, por parte de la señora Claudia no había problema.

Después de atender a los niños y entregárselos a la nana recién llegada, Lupita se dispuso a limpiar la cocina, ahí estaba Pancha, la cocinera, de cariño Panchita.

—¡Te digo, manita! El Manuel está bien encabronado con el pinche gobierno. Que disque les van a cerrar el changarro los fines de semana, de aquí a Navida, ¿tu crees? ¡Pos si los fines es cuando más lana cae! Chin cheros. A ver si la patroncita me deja llevarme las sobras de comida mañana sábado —se quejó Panchita, quien es comadre de Lupita y la ayudó a conseguir el empleo que ahora desempeña.

Viajando a otro lado de la ciudad, lejos de la limpieza y orden de San Pedro, se encuentra la zona comercial Morelos, en Prolongación José María Morelos, justo en el corazón de Monterrey. Aquí no hay lugar para lo moderno, esta parte de la ciudad parece estar estancada en el tiempo, no en el buen sentido de la palabra: lo que otrora fue envidiable y exclusivo, ahora es deterioro y rezago. Su arquitectura es anticuada y su estado es la eterna decadencia. De las alcantarillas pululan los olores desagradables del caño y la suciedad, que se entremezclan con los olores que emanan del gran flujo de personas que atraviesan la zona todos los días y de los mendigos harapientos con olor a orín que han hecho de los rincones de Plaza Morelos su hogar.

En medio de la calle, frente a un salón de belleza clausurado, tiene Don Pascual su puesto de aguas frescas, Don Pascual es el esposo de Lupita. A un metro y medio de él tiene su puesto Manuel, el de los elotes, y justo en medio de los dos, pegado a la pared, está Jesús, con su tiendita de diversas chucherías. Los tres se han convertido en buenos amigos, a pesar de las diferencias de edad. Don Pascual tiene 62 años, pero una vida de sol y penurias le ha otorgado a su rostro 10 años más, lo que a su vez hace juego con el glaucoma en su ojo derecho y una cojera debida a una Diabetes Mellitus mal controlada. Manuel es el esposo de Panchita, la cocinera de la señora Claudia, ronda los 50 años de edad, siempre está de buen humor, a pesar de que se cansa mucho gracias a la tremenda circunferencia de su abdomen. Finalmente está Jesús, de 24 años. Jesús es un joven flacucho y majadero. A pesar de ser el más joven es también el más amargado de los tres y el único oriundo de Monterrey. Sus padres llegaron a Monterrey cuando eran niños, aquí se conocieron y engendraron a Jesús. Sus padres nunca se casaron y Jesús nunca conoció a su verdadero papá. Constantemente se le puede ver echando pleito con los otros puesteros y gritando a todo pulmón, incitando a los transeúntes a comprarle a él.

—Ya valió máscaras, compare. Si no vendemos hoy, no nos va a alcanzar pa las cheves del fin de semana —Renegó Manuel, el gordo, entre burlas y enojo.

—No, compadre, deja tú las cheves, mi vieja y yo no tendremos pa comer, La patrona no le dio el aumento que le prometió y su salario se nos ha ido en mis medicinas. Tú sabes que con la pandemia mis ingresos no han sido buenos. De buenas que Diosito no nos dio hijos.

—No me digas eso, Pascual, ¿dónde chingados está el gobierno con sus medicinas gratis? —Manuel y Panchita tenían un hijo de 17 años, al momento desconocen su paradero, dicen las malas lenguas que murió en un enfrentamiento debido a su vínculo con las drogas.

—Que disque están agotadas las medicinas pa’ la Diabetes, compadre.

—Por todos lados valemos máscara nosotros los jodidos.

Estaban en esto Don Pascual y Manuel, quejándose, maldiciendo al gobierno y bebiendo café con leche bien caliente para amortiguar el frío, mientras llegó Jesús silbando.

—¿Cómo están mis viejillos favoritos?

—¡Ese Chuy! ¿Dónde está tu cubrebocas, chamaco? —lo saludó Don Pascual.

—¡Nembre! —Jesús hizo un movimiento brusco con el brazo —Pinche coronaviru, ya me tiene harto. Estoy en huelga, ese coronaviru me hace los mandados. Ni respiro bien con esa cosa.

—Oye Chuy, pos quel gobierno nos va a cerrar el changarro el fin de semana —comentó Manuel.

—¡Hijos de su…! ¡Si el mentado gobierno no quiere que vengamos a trabajar entonces que nos paguen! Y yo que tengo tres bocas que alimentar, con una fregada ¡y no le estoy robando a nadien!

La conversación entre el poco común grupo de amigos atrajo la atención de otros puesteros, quienes hicieron a un lado sus rivalidades y expusieron al unísono sus quejas. Un grito sobresalió de la multitud: —¡Nosotros no robamos, trabajamos honradamente!

De vuelta al extremo rico de la ciudad, donde no hay huelgas ni disparates, la señora Claudia había regresado de su running matinal y se sentía más cansada de lo habitual. Se dispuso a tomar su licuado proteico cuando una urgencia la hizo salir como alma que lleva el viento hacia el baño más próximo, entre el apuro soltó el vaso de vidrio cortado y éste terminó en el suelo quebrándose en mil pedazos, desparramando su contenido por todos lados.

—Te digo, manita, estos ricos se dan el lujo de tirar la comida. Yo también he tenido urgencias de ese tipo, pero deja te digo algo, manita, primero me hago en los calzones antes que desperdiciar la comida.

—Tirar la comida es como tirar la cara de Dios, Panchita, eso decía mi madrecita que en paz descanse —Tras decir esto Doña Lupita limpió la cara de Dios y sangró mientras lo hacía.

Ya en su habitación, la señora Claudia pidió que le trajeran una aspirina con un té de manzanilla y dio orden de que no se le molestara. Su esposo, Roberto Garza, la esperaba en el cuarto.

Regresó a casa mientras Claudia corría en Calzada. No había saludado a nadie, ni siquiera a sus hijos, y malhumorado había solicitado un Advil para el dolor de cabeza y un café bien negro. Eran las 10 de la mañana.

El señor Garza, como le decía la servidumbre compuesta por un guarura, un chofer, un jardinero, una niñera, la cocinera Panchita y la sirvienta Doña Lupita, estaba recostado en su sillón de piel color caoba. Sostenía su cabeza poblada de cabello grueso y espeso con su mano fuerte, bajo sus densas cejas negras sus ojos inquisidores permanecían cerrados en un ceño incómodo. Había cerrado por completo sus cortinas blackout y únicamente permanecía encendida la tenue luz amarilla del lavabo que estaba al fondo de la amplia habitación.

—¿Baby, qué haces aquí tan temprano?

—Estaba en una junta con China cuando comencé a sentir escalofríos y jaqueca, Clau. Le pedí a Carlos que terminara la junta por mí y me regresé a casa. No quiero hablar. Me duele mucho la cabeza.

—Ya somos dos, yo tampoco me siento bien.

Claudia tomó su celular y revisó la sección de las noticias, una en particular llamó su atención y leyó en alto: “¡Puesteros en rebeldía! Comerciantes del centro regio amenazan con abrir en sábado para tener qué comer”. —¡Pff! Por esto México no progresa, ¡tanta gente sin educación! Se nota que no leen ni las noticias, además, ¿quién va al centro a comprar, no está muerto ese lugar? —expresó Claudia.

—No debería haber puesteros, los cierres de fin de semana invitan a la población a que seamos todos previsores, a que los de abajo ahorren y dejen de vivir en el día a día. En mi opinión, el comercio ambulante es el gran culpable de todos los contagios. No por nada en San Pedro hay menos contagios que en el resto de Monterrey.

—Exacto, y deberían también cancelar las rutas de camiones y el metro y todas esas cosas, ¿sacas? Tipo, creo que de aquí también viene gran parte de los contagios… ¡Amor! ¿Tipo, ya viste? ¡O sea! ¡Acabo de ver en Instagram que Ana Ceci tuvo su despedida ayer y no me invitó!

Mientras arriba la pareja discutía temas de vital trascendencia para la sociedad San Petrina y el señor Roberto trataba, abrumado, de contener las lágrimas de coraje que expedía su esposa por no haber sido invitada a la despedida de su amiga, abajo, en la cocina, Doña Lupita y Pancha desahogaban sus penas con chocolate caliente y pan dulce que había traído Raúl, el chofer. Del desastre que había hecho la señora Claudia anteriormente no quedaba rastro, el piso blanco relucía y expedía un agradable aroma a cítrico. Tanto Pancha como Lupita y el Raúl escuchaban atentos por el parlante del celular a Manuel, quien acababa de recoger del piso mugriento un churro que se le había caído y, sin importarle, se lo había introducido a la boca.

—No vieja —le decía Manuel desde el otro lado del parlante —Este gobierno independiente del Bronco abusa de su poder y viene contra nosotros que todos los días salimos pa’ ganarnos el pan de manera honrada. Viene este fulano a prohibirnos que trabajemos honradamente. Ahí está el Chuy, que invirtió lana pa’ resurtir mercancía y poder vender pa’ obtener aunque sea un poquillo de más varo pa’ sus chamacos. Luego viene este disque doctor de la O junto con el Bronco a partirnos la madre con sus soluciones tan tontas que disque pa’ impedir el contagio del coronavirus. Me vale maíz, vieja, los puesteros de Morelos ya nos pusimos todos de acuerdo, ¡mañana venimos porque venimos!

Cuando Manuel y Panchita colgaron, ella era un manojo de nervios.

—¡Ay Lupita, Lupita! ¿Y yo qué hago si la Fuerza Civil esa me levanta al Manuel?

—Calma, comadre, estoy segura que mi Pascual no permitirá que nada le suceda al compadre. Además el compadre Manuel tiene muy buen carácter, ya se le pasará Panchita.

—Panchita, está bien que se rebelen —intervino Raúl —no es justo para nosotros, siempre los que más amolados salimos somos los de las clases más bajas. Ahí está el señor Roberto que se la vive en viajes de negocios en medio de la pandemia y la señora Claudia en reuniones con sus amigas, pero a ellos el gobierno no les dice nada. Al decir esto, la conversación se dio por concluida, de arriba escucharon un grito:

—¡Doña Lupita! ¡Rápido! Dígale a Raúl que vaya pronto a la farmacia por Tempra, ¡los niños arden en calentura!

—Sí, señora Claudia —respondió Lupita.

Cuando se llegó el sábado en la Ciudad Metropolitana de Monterrey, en la casa frente a la Sierra Madre Oriental, la señora Claudia, el señor Roberto y sus hijos ardían en temperatura y presentaban todos los síntomas del nuevo COVID-19. Por supuesto que le tocó a Panchita y a Doña Lupita cuidar de la familia entera, incluso de la nana, que también se había contagiado.

En la caótica Plaza Morelos los puesteros habían abierto como de costumbre. Don Pascual portaba su cubrebocas y se protegía del frío dando gracias a Dios de que el gobierno no hubiera cancelado el transporte público. Como de costumbre, Manuel y Chuy se reunieron con Don Pascual para el café, pero éste último no quiso probar bocado alguno para no tener que quitarse su cubrebocas.

A eso del mediodía llegaron los reporteros, a pesar de las advertencias, Plaza Morelos registró gran afluencia de personas que buscaban adquirir productos en esos locales.

Sin duda, los puesteros habían abierto con temor a clausuras, pero era preferible arriesgarse a no tener recursos. El jueves previo el gobierno del estado de Nuevo León había prohibido que a partir de ese fin de semana los negocios considerados como no esenciales permanecieran cerrados. De ahí que los puesteros no debían abrir sin embargo, ese sábado, todo parecía haber ido viento en popa y los comerciantes se hallaban satisfechos por poder llevar alimento a sus hogares al terminar la jornada.

Pero entonces apareció Fuerza Civil.

El primero en ceder fue Manuel, quien con una sonrisa en la cara levantó sus manos y se retiró del lugar antes incluso de que lo multaran.

—¡No que muy sácale punta! —le gritó Chuy enojado a su amigo, a quien además catalogó de poco hombre profiriendo palabras altisonantes e impropias.

Manuel no se volteó y echó andar a la parada del camión, pronto estaría en casa con su esposa, quien traería las sobras de comida de la familia rica. Luego cayó Don Pascual, o mejor dicho, le cayeron. Al anciano lo ningunearon y lo enviaron a casa con una multa que definitivamente no podría pagar en los meses próximos.

Finalmente quedó Chuy, quien se violentó contra los policías. Primero les gritó toda clase de majaderías, cuando uno de los uniformados intentó dialogar con él, Chuy escupió en su cara y, tomando la mercancía que tenía al alcance, la arrojó contra los policías que se habían juntado alrededor. No es difícil imaginar lo que aconteció con Jesús, el pobre fue a dar a la cárcel y dejó a sus pequeños al cuidado de una madre que ahora se prostituye en las calles para poder alimentarlos. No hubo dinero para pagar la fianza.

Sobrevolando la ciudad entre sonidos de claxon, smog, tráfico y mugre uno llega al extremo poniente olvidado por los gobernantes, el basurero se  denomina El Pozo, porque es un pozo en medio del basurero. Ahí vivían Doña Lupita, Pancha, Manuel y Don Pascual, cada uno es su respectiva choza.

Aquel sábado ya bien entrada la noche Lupita y Pancha, exhaustas por haber estado al cuidado y los caprichos de la familia rica, habían traído las sobras del viernes anterior. No debían estar en El Pozo aquella noche, pero contra las advertencias de su enferma patrona regresaron a su hogar para atender a sus maridos.

Dentro de la choza de lámina de los Reyes, los cuatro intentaron en vano calentarse frente al fuego mientras compartían la comida. A pesar de los infortunios, la pobreza, el frío y el cansancio extremo, las dos parejas pasaron una noche inolvidable, agradeciendo a Dios por sus trabajos y por el pan que les había proporcionado aquella noche, después de todo, las sobras de unos son un lujo para otros.

Y ahí, sentados alrededor de una mesa roja de coca cola deslavada, las mujeres sobre dos sillas de plástico mugrientas, los hombres sobre dos bancos improvisados, todos encima de la tierra, pues no había dinero para cubrir el suelo con piso de cerámica, compartiendo el pan, el aire, los utensilios, las gotículas de agua que salen expedidas al hablar, ahí se contagiaron con el coronavirus que Panchita y Doña Lupita habían traído de la pulcra, reluciente y ordenada casa de la bien educada familia Garza.

Una semana después, Panchita yacía en el hospital, intentando ganarle al virus que amenazaba también la vida de su Manuel. Por su parte, Doña Lupita quiso reincorporarse a su trabajo así que se armó de valor y atravesó el muladar para llegar al paraíso San Petrino. Había dejado al pobre Don Pascual muy grave en su catre cubierto por escasas colchas, el anciano ocupaba atención médica urgente, pero en el hospital le habían dicho que ya estaban saturados. Tenían hambre y frío y el dinero se les había terminado. A los pobres Reyes solo les restaba clamar a la Virgencita por un milagro.

—Bue… buenos días —saludó Lupita con carraspera cuando llegó a la residencia —Quisiera hablar con la señora Claudia, por favor.

Una voz torpe e inocente le pidió que esperara, unos minutos después sonó la voz de la señora Claudia por el intercomunicador.

—Hola, Doña Lupita, tipo, ¿qué se le ofrece?

—Que me abra, señora, pa’ trabajar.

Hubo una pausa.

—Lupita… una disculpa, pero, tipo, yo le comenté que no podía prescindir de usted. ¿Saca? O sea, me vi en la necesidad de contratar a alguien más durante su ausencia. Además, Lupita, usted no debería andar en la calle… ¡No sea tonta! Aún no han pasado los 14 días de cuarentena que debe guardar, o sea, seguramente ya contagió a medio camión. ¡En serio, Lupita, a ustedes les falta educación! ¡Adiós Lupita y cúbrase bien la boca, por amor de Dios!

Lupita regresó caminando una buena parte de la ruta hacia su casa, bajo el frío y la llovizna. Al llegar, encontró el cuerpo sin vida de su esposo, una boca menos que alimentar.

Mientras, en la casa San Petrina, cuando la señora Claudia le comentó a su esposo que Doña Lupita se había atrevido a venir por trabajo, Roberto dijo:

—Clau, ¡por culpa de estos ignorantes es que siguen los contagios! En fin, vístete ya, llegaremos tarde a la boda de mi primo. Escuché que la comida estará buenísima.

 

Para este texto me basé en la noticia: ¡Puesteros en rebeldía! Comerciantes del centro regio abren en sábado “para tener que comer” de EL HORIZONTE. https://d.elhorizonte.mx/local/abren-comerciantes-pese-restricciones-centro-monterrey/2972285

Comentarios

  1. Buenas tardes, compañera Karla Sofía, saludos cordiales.
    Primero que nada me gustaría agradecerte esta historia, pues me mantuvo picado desde el inicio.
    Referente al título, “Los de arriba y los de abajo”, me gustó, pues queda perfectamente en la historia, es decir, retrata tanto la sociedad pobre como la rica, con todos sus contrastes sociales, económicos y culturales. Al leer este texto me recordó inmediatamente a dos escritores mexicanos, por un lado Carlos Fuentes y por el otro José Emilio Pacheco, quienes hacen de la ciudad un personaje más, describiendo y llevándonos por las historia con un lenguaje claro y sencillo, nada rebuscado.
    Ahora bien, me gustaría comentar también lo siguiente:
    Las descripciones son buenas, pues desde el inicio me sumergí en la Ciudad de Monterrey, es decir, parecía que estaba viendo un documental y de fondo una voz narrando lo que se iba proyectando, muy buena esa parte. Personalmente no conozco esa ciudad, pero he visto videos de San Pedro y de la colonia El pozo, donde esos contrastes que mencionas se dejan ver, por tal motivo, pude darme una mejor idea de lo que era la narración.
    Cuando mencionas que todos quieren vivir el sueño petrino me recuerda a la CDMX cuando venían (y siguen viniendo) personas a radicar a esta parte del país, pues muchas personas dejaban su pueblo para “ganar más” y sobrevivir. Entonces, lo que antes era el sueño capitalino ahora ciudades como Monterrey han pasado a ser los nuevos puntos neurálgicos para progresar.
    Me gusta mucho que se haga la descripción de la ciudad y después se empiece a contar la historia y con ello los contrastes de la sociedad rica y pobre (teniendo por un lado las calles limpias, colegios, carros último modelo y casas lujosas y por el otro, sumergidos en la miseria, calles sucias, malolientes, casas apenas hechas con láminas y/o cartón).
    El lenguaje que se utiliza me hace pensar perfectamente en cómo son cada uno de los personajes, pues por ejemplo, la señora Claudia tiene marcada la palabra “tipo” y “sacas”, mientras que doña Guadalupe, doña Panchita y sus familiares emplean un lenguaje más altisonante, e incluso sus palabras son cortadas. La palabra “huercos” es muy del norte de México, y es una palabra que al menos en el centro del país conocemos y empleamos, no de forma cotidiana, pero la reconocemos.
    Asimismo, se pueden notar a la perfección los contrastes ideológicos y sociales de cada familia, pues por un lado los vendedores mencionan que el gobierno quiere matarlos de hambre y por el otro la familia rica echándole la culpa a los vendedores, donde, al final del texto se deja ver esa doble moral social, pues tanto la señora Claudia como su esposo dicen que los pobres tienen la culpa de que todos se contagien cuando la señora Claudia y su esposo van a asistir a una fiesta.

    Dentro del texto existe una conformación de estilo realista, narrando y describiendo todo lo que va sucediendo con los personajes, así como también el lugar en el que se desarrolla cada acción; el texto es un espejo de la realidad, por tal cuestión, como lo mencionas, está basado en una historia real hasta cierto punto; lo cotidiano hace de esta texto un tema realista, pues el COVID-19 es un tema que conocemos todos por igual, por lo tanto, estamos al tanto de todo lo que ha pasado socialmente, lo cual nos sumerge directamente en cada palabra del texto y, por su puesto, en la realidad de este año (2020).

    Muchas felicidades compañera por este texto, me hubiera gustado seguir leyendo, pero estoy seguro que el texto así cumple con lo estipulado en este módulo, es decir, acercarnos a la realidad actual. No le quitaría nada.

    ¡Saludos!

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  2. Me parece un buen trabajo, me gusto la trama, las descripciones y las reflexiones. Pones en evidencia las circunstancias tan diferentes que atañen a cada nivel socio económico. Lo que no veo es la noticia o la referencia en la que te basaste para crear el relato. Recuerda que Stendhal se basó en sucesos publicados en gacetas y he vivencias de la corte. Incluso mas avanzada la historia ve como Napoleón huye de su derrota ante los rusos. situación que fue el inicio del derrumbe de la República francesa. Es importante indagar sobre los sucesos reales que motivaron La Guerra y la Paz, Los cuentos y novelas realistas y ese es nuestro reto. Bien dice Requera Saenz María de Corpus en su ensayo sobre realismo y Literatura: "desde la revista que fundó en 1856: Le Réalisme, en uno de cuyos números constan explícitamente sus objetivos: “El
    realismo pretende la reproducción exacta, completa, sincera, del ambiente social y de la época
    en que vivimos..." Esta reproducción debe ser lo más sencilla posible para que todos la
    comprendan”. Sé que los medios están inundados de noticias, muchas falsas y claramente contra un gobierno que por primera vez ve por los pobres, pero que ha afectado los infames intereses de corruptos. Pero muy importante sería saber en al menos cuál noticia(la referencia de ella) te ha impactado para crear tu obra. Otro asunto es cuidar la ortografía, las citas o vocabulario usado por cada personaje y no parezcan como palabras erróneas (tipo, disque y no dizque). Estamos todos aprendiendo y yo mucho de ustedes a través de lo que escriben. Yo espero me critiquen con todo lo que tienen y aprender de ello. Saludo afectuoso.
    Referencia
    https://rua.ua.es/dspace/bitstream/10045/10119/6/Requena-Saez-Maria-del-Corpus_5.pdf Consultado el 13 de diciembre de 2020.

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    1. ¡Hola compañer@!

      Soy Karla Sofía González Garza. Una disculpa, pero no aparece tu nombre en el comentario para saber quién eres y así dirigirme propiamente a ti. Muchas gracias por la retroalimentación. Debajo del texto adjunté la liga de la noticia en la que me basé para escribir el cuento, con gusto la adjunto de nuevo en este comentario:

      Para este texto me basé en la noticia: ¡Puesteros en rebeldía! Comerciantes del centro regio abren en sábado “para tener que comer” de EL HORIZONTE. https://d.elhorizonte.mx/local/abren-comerciantes-pese-restricciones-centro-monterrey/2972285

      Respecto a la ortografía: ¡anotado! A la próxima tendré más cuidado con ello. Sin embargo, no introduje comillas ni cursiva en las palabras altisonantes, modismos ni anglicalismos ya que en alguna ocasión en un taller de creación literaria la maestra me corrigió por ello, diciéndome que no debía encerrar en comillas este tipo de palabras. En fin, de esto hace ya tiempo y quizás mal entendí la manera de escribir este tipo de palabras. Cabe aclarar que yo no utilizo dichas expresiones en mi día a día, por esta ocasión las empleé para darle originalidad a los personajes, es la primera vez que escribo un texto así y me da gusto poder aprender a hacerlo.

      ¡Muchas gracias por la retroalimentación, saludos cordiales!

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