Ciudad desolada

 

Ciudad desolada


Guillermo Beltrán Villanueva

I


El Iván

Señor. ¡Renta usted un cuarto?

Lo vi y no me atreví a contestar. Sabía de sus intromisiones al viejo edificio de enfrente, abandonado desde que cerró el correo postal, su consumo de drogas y su mal vivencia.

Quiero recuperar mi vida, dejar las drogas, el robo, quiero bañarme, usar ropa limpia, devolver la vida que tuve cuando mis padres vivían.

Era  común escuchar durante la noche los pleitos verbales entre quienes como él salían del edificio alegando cualquier cosa, golpeando paredes, tumbando botes de la basura ante los gritos de los vecinos exigiendo silencio.  Hacían caso omiso a los reclamos.

Lo observé detenidamente. Algo quedaba de aquel muchacho que acompañaba a su padre a reparar o ejercer la construcción; se les consideraban los mejores losetero. Tenía tanto trabajo en el vecindario por lo que todos conocían al padre y al Iván. Muchacho taciturno que aspiraba vivir en los Estados Unidos, experimentar esa vida extraña para los latinos; le ayudaba a su padre un poco ajeno en pensamiento y acción por lo que constantemente su padre le regañaba.

Sí, Pa.

En realidad no le ponía atención.

Años después regresaba de esa aventura americana, donde sus sueños se convirtieron en pesadillas y la “maravillosa vida a la americana” fue muy diferente a como le contaron, se dio cuenta todo lo que enfrenta el trabajador mexicano que emigra, quien de ser un mexicano de clase media se convierte en un migrante hundido en la pobreza y sin alcanzar el mínimo derecho como ser humano. Acaso vuelto esclavo, inmerso en el consumismo que absorbe todo esfuerzo por lograr un estatus social, pero que es en realidad una forma sofisticada de  control, enajenamiento, pérdida de valores e identidad y costumbres del país de origen. 

Enfrentado ante la realidad que viven los migrantes en los Estados Unidos; sin oportunidad de estudiar, de  contar con servicios sociales, un hogar, un trabajo honesto, le fue fácil caer en la delincuencia, la obtención de dinero por medio del tráfico de drogas menores. Siempre de la mano y vigilancia de los poderosos, la Policía, la CÍA y la DEA, elementos que se pasean en los barrios bajos buscando sin encontrar, fieles a la máxima “dejar pasar” “dejar hacer”, saludando negros portentosos, con cadenas de oro de quilotes de peso, no de quilates, que los joroban y enorgullecen al paso mientras ruedan  por el vecindario sus enormes vehículos descapotados con los aditamentos más sofisticados capaces de reproducir imágenes virtuales sobre ellos de bailarines de Rap, Soul  Blues, Ragtime, Jazz, Góspel, House o el Hip Hop.

Iván inmerso en la fantasía americana y la facilidad del dinero se hizo adicto, el primer consumidor de su propia mercancía y deudor eterno ante sus proveedores. Lo llevaron preso en un intento de robo, terminando ahí su propio sueño. Ante la opción de pasarse la vida tras las rejas como le hicieron saber, decidió solicitar la expulsión del país norteamericano y terminar con esa aventura. Un guardia latino le contó sobre las políticas de las empresas que manejan los reclusorios del los Estados Unidos, consorcios prestanombres de políticos que reciben enormes cantidades de dinero por cada preso que resguardan, entre más tiempo permanezcan, más dinero para las compañías, por lo que  existen las consignas entre los guardias de ocasionar protestas, pleitos, toma de celdas, patios, enfermerías, comedores, por líderes con la orden de dejar crecer los choques, tomas de sitios, peleas y hasta asesinatos y proceder brutalmente. Ello resulta en extensiones de penas para mantener confinados a los presos más vulnerables, negros, asiáticos, mexicanos, centro y sudamericanos e indios originales de los Estados Unidos desterrados en sus propios territorios.

Mira, dijo, por eso estoy aquí, gracias a manuel, el guardia mexicoamericano que me contó en detalle lo que sucede en ese país gobernado por las corporaciones.

El Iván demostraba tener bastante información de ciertas cosas que no sabe el común de la gente. Lo que me contaba, si era una historia inventada tenía tanto sentido y verosimilitud que me sorprendía. Bien dicen que la realidad se sustenta desde cada ser humano, de su propia subjetividad. ¿Quién puede dudar de ello, después de ver la debacle en que nos llevan las pandemias que padecemos? Sí, la pandemia de salud, de desinformación, de la realidad virtual en un mundo enajenante; de la incredulidad por las teorías de conspiración que nos hacen dudar de la gran mortandad.

Ya tenía tiempo que rondaba por la calle. Algunas veces se acomedía a ayudarme en reparaciones de la casa y los cuartos que rento. De alguna manera abonaba a la idea de rentarle un cuarto. Conocía de todo, como su padre, de quien supe que los vecinos le requerían sus servicios. Si el señor no sabía reparar algo se empeñaba en aprender, desarmaba todo lo que le ponían en sus manos, lo hacía escribiendo en una vieja libreta para usarla de guía en la reconstrucción del artefacto, una vez sustituida la parte reparada o reinventada a partir de otros componentes, simulaba su funcionamiento, lo instalaba y entregaba al cliente. Satisfecho como lo demostraba la sonrisa dirigida al hijo quien le observaba detenidamente.

Así es como el Iván aprendió y sobrevivía ahora para sus vicios.

La Maggy me contó que cuando Iván regresó a la casa paterna la encontró vacía, saqueada, abandonada, en ruinas. Sus padres no resistieron su ausencia, su abandono. De pronto el anciano padre se marchitó, ya no tenía a quien transmitirle sus conocimientos, a ese hijo que era su propósito y motivo. Fueron años de sufrimiento que no resistió, ni su esposa abandonada a la suerte del jefe de familia de quien recibió una buena vida, si no de bonanza, sí de satisfacción plena como mujer, como ama de casa, madre y esposa cuidadora del padre e hijo. Todo ello desapareció al marchitarse la vida del anciano. De contar con lo más elemental al vacío absoluto de despensa, alumbrado, gas, agua, nada tenían. La mendicidad se apoderó de ellos. Pronto la caridad vecina se cansó y de su existencia vacía precedió la muerte de ambos en un cuarto oscuro cuyo mal olor en el vecindario les hizo allanar la vivienda encontrando a la pareja abandonada y sus cadáveres abrazados.

Hurgando entre los escombros Iván encontró la libreta de apuntes de su padre. Entre las manchas de humedad y hongos distinguió su nombre en la primera página y algunos rasgos que parecían decir: Para mi hijo Iván. En ese cuadernillo se alojaba la sabiduría de un hombre que soñó que su hijo convertiría en bienestar para sí mismo en base al trabajo honesto y dedicado.

—Ivan, te he visto drogado, borracho, vociferando, golpeando objetos de los vecinos, portones, autos, todo eso a media noche. Es claro que sigues mal. Mi negocio es rentar. No puedo fiar, ni permitir que no me paguen. De eso vivo. En estos días de pandemia dejé de cobrar tres meses para que salgan adelante mis inquilinos. Me han puesto en una situación precaria, pero puedo salir adelante. Los impuestos siguen igual, el gobierno actual argumenta que ayuda a la gente y sí lo hace, veo largas filas en el telégrafo de gente humilde y ancianos cobrando la ayuda, pero no perdona un solo centavo de impuestos. Entiendo que los necesita para ayudar a la gente humilde. Sé que el gobierno adelgaza la nómina, que se redujeron sueldos, pero falta mucho para que sea un gobierno social, incluyente, todavía la gente hace muchos sacrificios para sobrevivir.

Te daré ropa. Te permitiré bañarte en el cuarto del patio. Quiero ver que cambies, que te asees, la presentación es muy importante cuando buscas trabajo. La gente debe confiar en ti, que ya no robes para drogarte. La última vez te llevaste parte de mi herramienta. Sí, recuerdo que lo aceptaste y prometiste compensarme su valor con trabajo.

¿Entonces, ¿me va a rentar un cuarto?

—No.

—No.

II

¿Día para dar gracias?

Pasaron cuatro años desde aquel día que celebramos en familia la primera cena de “Thanksgiving”, como nuevos residentes del país sajón había que adaptarse a las tradiciones para nosotros extrañas en un país en que la familia no tiene mayor importancia que el dinero, las actividades para obtenerlo y el consumismo; es decir, todo aquello que la propaganda nos incita a comprar sin mediar en ello razonamiento que avale tal necesidad.

Esas costumbres de las que no éramos afines, pero que pronto adoptamos, nos llevó a la quiebra del presupuesto familiar hasta que decidimos definitivamente, regresar al hogar de toda la vida, donde los hijos crecieron y salieron para formar nuevas familias, siempre con el apego a los padres, circunstancia que nos obligó a regresarnos, pues era demasiado el costo para sobrevivir en esa sociedad extraña, vacía, con valores disímbolos y moral distinta; en donde puedes acudir a la iglesia todos los domingos, vestir traje de segunda o regalado, saludar a cada persona, aplaudir y repetir Amen cuantas veces te sea obligado por los propios parroquianos; a escuchar a ministros, pastores, que te recomiendan ser cordero de Dios y del gobierno; trabajador, honesto, y nada de busca pleitos y exigencias de derechos laborales, mientras ellos construyen mansiones que les sirven de modernos harenes, programas de televisión idiotizantes y cuyo objetivo recaudatorio lleva a las familias a la enajenación y serias crisis económicas.

Ah, y al final del servicio te ponen en la banqueta a regalar bolsas de verduras cuya raquítica duración te obliga a consumirlas el mismo día; latas de comida chatarra a punto de vencer, productos de mala calidad o dañinos, bebidas azucaradas y con conservadores, a los transeúntes como método clientelar, todos esos excedentes recibidos de los grandes mercados y que para ellos les garantiza exención de impuestos y un lugar en el cielo. Hartos de todo eso y más, un día recogimos lo que pudimos traer y lo demás los colocamos en los grandes contenedores de basura para dejar limpio y entregar el departamento.

Ahora estamos celebrando el Día de acción de Gracias con pocos familiares debido a la pandemia que nos aqueja.

—Esta vez, no te toca preparar nada, mis hijas y yo nos haremos cargo, me dijo mi esposa.

Muchos años de preparar la cena o comidas conmemorativas en el hogar en virtud de uno de mis oficios, el de cocinero que practiqué aquí en Tijuana y en los Estados Unidos. Decisión que se me hizo extraña viniendo de mi familia, pues era normal que se ocuparan del arreglo de la casa y los niños y yo de hornear, guisar, preparar desde las bebidas de frutas, jarabes, salsas, cremas, ensaladas, carnes al horno, el tradicional menudo blanco estilo Sonora, el pastel volteado de piña, las papas gratinadas y horneadas, todos los alimentos menos los vinos, la especialidad de uno de mis yernos.

Mi hija mayor se puso triste después de recibir una llamada de mi otra hija residente de Victorville, California. La misma que días antes nos había llamado para decirnos que una de sus hijas y sus cinco hijos resultaron positivos al Covid 19, pero que no se sentían nada mal. Eso calmó los ánimos de alguna manera y mi tranquilidad sobre la salud de mi nieta y mis cinco bisnietos.

La cara alegre de Yesy, quien ya había brindado varias veces, se puso triste. Y nada más se atrevía a balbucear (“—Ajá, Sí, Ok, Ajá, está bien”). Nos quedamos serios para hurgar en la conversación y saber el motivo de cambios de actitud de mi hija. Asunto que no sospechábamos.

—Apá, parece que la reunión que tuvieron mi madre, hermanas y sobrinos con la hija de mi hermana se contagiaron. De hecho, se hicieron la prueba y salieron positivos. Nada más que mi madre se siente mal.  Dice que tiene problemas respiratorios. Me preguntó si podemos conseguirles medicamentos de México ya que en Estados Unidos están muy controlados y no recetan fácilmente nada contra el Covid. No se arriesgan porque ellos dependen de la autorización del sistema de salud para poder recetar algo o aplicarlo a los pacientes. Es por eso por lo que se está muriendo tanta gente.

Mi esposa se acercó inmediatamente a mi hija mayor y le dijo:

—¿Qué necesita tu Mamá?

Ya era común que mi actual esposa ayudara a todos mis hijos mayores, consultaran para todo a la Mamá chiquita, tal como mis siete hijos que no eran de ella le llamaban cariñosamente, los primeros cuatro de María y los siguientes tres de Cande, sumados a los tres de Ime, sumaban diez jóvenes hermanos, amorosos entre ellos, respetuosos de las madres de cada camada y sobre todo de Ime a quien adoraban y respetaban dada su inteligencia, su profesión de psicóloga y sobre todo, la amistad y cariño que les profesaba a cada uno, eso la convertía en la consejera amorosa en cada situación desagradable,  crisis, desilusión, incluso en las desavenencias conmigo como padre.

—Deja, mejor le hablo.

[“Hola, ¿Cómo estás?

[—Muy mal, creo que me va a llevar la chingada. Tengo mucho miedo, por favor, dime que no me voy a morir. ¡No puedo respirar! (¡ni ha bll arr!

[—Tranquila, tranquila, estas angustiadas y es normal que pienses eso. Mira, eres joven todavía. Resiste.

[—No, no, me va a llevar la chingada, no. Tengo miedo. Tanta chingadera que hice. Mis hijos que abandoné, la familia, el hogar. Tú sabes que  muchos años después me vine a vivir cerca de ellos esperando su perdón y por lo que te has enterado de mis hijos, los pleitos continuos son por el hecho de haberlos abandonado y destruirles su futuro, ni porque se los robé a tu marido para traerlos a los Estados Unidos, donde han sufrido de todo y que ha sabido salir adelante por ellos mismos, no dejan de reclamarme a la menor oportunidad y más que tus hijos recibieron una carrera universitaria y ellos no.

[—En este momento no pienses en esas cosas. Fueron parte de tu vida y no los puedes borrar. Lo que haz hecho de estar cerca de tus hijos y tus nietos está muy bien. Disfrútalos. Ellos madurarán y se darán cuenta que con reclamos y pleitos entre ustedes no remedian nada. Sus vidas no han sido fáciles, pero siempre hemos estado pendiente de ellos yo y su padre.

Mi esposa se retiró a su recámara y ahí se extendió la conversación bastante tiempo, al menos, creo yo, tranquilizó a María.

Dos días después nos habla una de las hijas para decirnos que su madre está muy grave, que necesita hospital, pero que ella sigue aferrada a que si entra al hospital ya no sale viva.

Mi esposa le habla a su celular, pero no le contesta. Le devuelve la llamada a Mayra, la hija y le pide que se la pase. Por fin la convenció de que permitieran que la internaran en el nosocomio. No sin antes pedirnos que le consiguiéramos un tanque de oxígeno ya que no podía respirar bien.

Mi esposa hizo un llamado en el conversatorio del feis donde nos comunicamos con los diez hijos. Rafael, hijo de mi segunda esposa levantó la voz para decir que él podía conseguir el tanque dadas sus relaciones como instalador de equipos neumáticos para industriales. Así lo hizo y pronto nos devolvió el mensaje con la foto del tanque diciendo que lo había conseguido en unos 4 mil pesos.  Yesy, la hija mayor de María le pidió que se lo comprara, para ello, le depositó en su cuenta, se entrevistó con el vendedor, quien desgraciadamente su padre no pudo vencer el letal virus. Rafael nos habló y dijo: “Se hizo la marmaja”.

En cuanto regresó mi esposa de su trabajo en Estados Unidos ya esperábamos mi hijo y yo con el tanque de oxígeno en nuestra casa de El Info. Le pedí las llaves de la Toyota para manejarla y cruzar de nuevo la frontera y entregarle el tanque a mi hija Yesy para que se lo llevara a su madre. Pronto llegó a Chula Vista en la estación del Troley acompañado de su esposo, se lo entregamos y emprendieron el regreso hasta el hospital de Hesperia.

Al regresar a Tijuana nos comunicamos por el mensajero con los hijos para avisarles sobre el envío del tanque.

Le pregunté a mi hija Xóchitl sobre el progreso de su madre en cuanto a atención y salud y me compartió la información recibida de sus hermanos de madre.  


III

El Juan

Al día siguiente, cansados y desvelados reinicié la construcción de un piso especial para la lavadora grande, por lo que pronto se acercaron algunos de los malandros que a veces me ayudan y a los que alimento y les doy algunos pesos.

—Hola Juan, ¿cómo estás?

—Bien jodido, ando con la malilla.

¿Ah, que Juan, con tus 60 años, sin familia, trabajas para ti sólo y lo dedicas a las drogas?

—Las uso nada más para trabajar, no como el pinche “Caguamo”, aquí presente.

—¿”Caguamo”?

—Sí, el Iván, pues.

Detrás de la puerta corrediza del zaguán se asoma el Iván y dice:

—¿Entonces qué don Memo? ¿Quiere que le ayude en algo? ¿Apoyo al Fantomas? Usted sabe cómo. ¿No?

—Mira Iván, la última vez me robaste las pinzas de corte que compré carísimas y, no se vale que me hagas eso. Te di comida durante tres días, te pagué 350 pesos diarios, sodas, lonche para llevar, algo de ropa y te vas con mis pinzas recién compradas.

—Ya le dije que con trabajo se las repongo. Usted sabe cómo. ¿No?

—¿Cómo ves Juan?

—Pin, pinche Fantomas, terció el Iván, hazme el paro, te ayudo a que termines el piso de volada por algo de feria. Se voltea hacia mí y dice:

—Usted sabe cómo. ¿No?

—Hijo de tu puta madre, le riposta el Juan, anoche me robaste mi globito y hasta la vieja que ya había aceptado uno cogidón por una línea.

—¡Ah, pinche puto! No te acuerdas de que te quedaste dormido. La “Cucaracha” terminó cachambiándose sola, le diste el globito y ya sabes cómo se les suben las hormonas a las rucas. Alcance a verla miar en el rincón y luego se dedeó sola.

—Hey. Hey, intercedí en su alegato, ¿saben qué, no vengan con sus conversaciones groseras aquí. Estamos trabajando y no se vale que parezca un picadero o pleito entre malandros como los que les oigo todas las noches. Si vas a ayudar Iván y de ahí cobrarte las pinzas, calladito te ves mas bonito. Mira. Ves esos costales de tierra y escombro que sacamos. Necesito que busques hoyos, baches, cerros a punto de caer y los coloques como retén o tapes las cuarteaduras del cerro. Ya vienen las lluvias y sabes como se pone la colonia, parece luna llena de cráteres y pantano inundado del drenaje que brota de las alcantarillas. Busca con qué llevarlos y vienes para que los acarrees.

—Bueno, nomás dígame si me compra este carrito para el mandado y allí me llevo los costales Usted sabe cómo. ¿No?

—No, no ocupo nada de eso.

—¿Me puede adelanta algo? Necesito un flamazo para agarrar fuerza. Usted sabe cómo. ¿No?

—Te doy comida, sodas, lo que necesitas, pero no dinero para drogas. ¿Qué es un flamazo?

Tercia el Juan y dice:

—Cuando un cabrón compra su globito y lo pone en un foco para quemarlo y aspirarlo, si cooperas con unos 20 pesos te dejan darle un jalón al flamazo.

—¡Ah! Cuánta chingadera inventan.

Se acabó el día y el Iván le puso al carrito un costal de tierra y se fue con sus cincuenta pesos. dejó la comida, la soda. No volvió.

—Oye. Interpela Yayel, el vecino metiche.

El Iván estaba anoche acarreando la tierra, llegó otro malandro, le dio un putazo y le arrebató el carrito y le gritó:  

—¡Hijo de la chingada!, ¡me lo robaste! ¿Qué le hiciste al cable que ya había quemado para vender?

El Iván bien cagado le dijo que encontró tirado el carrito. El bato se fue echando madres y el Iván con ojos espantados también se fue.

—Te advertí que no le dieras dinero, dijo el Fantomas. Ese cabrón así es, cuando regrese te va a inventar cada pendejada.

—Ni modo. Le contesté.


IV

Muertos en El barrio

—Oye Juan, te quiero preguntar algo, tú que conoces como está todo aquí en El Info.

—Dime, Guillermo.

—Hace unos días asaltaron a mi vecino saliendo de su negocio, le dijeron que porque no pagaba piso.

—Mira, no creo. El Sarnas no se mete en eso. Solamente distribuye y olvídate que alguien se meta en la colonia para algo así, ni siquiera deja que vengan a rolar la droga entre nosotros.  ¿Te diste cuenta de los que tiraron empacados en El Soler la colonia de un lado?

—Algo supe de eso.


—Pero ¿cómo? ¡Si salió en las noticias! Mira, aquí traigo el recorte que me dio el Sarnas.

—Estoy muy ocupado reparando computadoras y haciendo instalaciones. Y como sabes, estoy estudiando.

—Deja te platico, pues. Llegó la “liendres” a pedirme un toque y la verdad yo no tenía. Entonces me dijo que si la acompañaba a la calle de abajo con unos compas. Sobres, le dije, y ai voy.

Llegamos con unos compas que no conocía y de volantín me ofrecieron de tocho. La verdad no me arriesgué. Si se llega a enterar el Sarnas, me va como en feria. Me salí y la dejé.

—¿Y qué pasó, Juan?

—¿Sí leíste en el recorte de un cuerpo que aventaron en El soler?

—Sí.

—Ah, pos el Sarnas me llamó y de buenas a primeras me dio un patín en las costillas. Huacha el moretón que traigo. Luego el Chorcas, quien es su ajustador de cuentas, me puso una pistola en la cabeza, mientras el Sarnas me preguntaba.

—¿Qué fuiste hacer a la Cala, esa maldita calle que ya la sueño?

—¿A la Calamajué? ¿Cuándo?

¿No te hagas pendejo, tú sabes cuándo, te fuiste con la Liendres? ¿Y sabes qué? Te puso el dedo. Dijo que tú la llevaste a comprar.

—La neta. Sí fui con ella. Me dijo que iba a ver unos amigos y nada más. Cuando llegué ya vi que dos batos que estaban ahí tenían muchas drogas. Ella les habló y me preguntaron.  

“¿—¿Tú, qué pes?

“—Yo, ¡NADA! Me dirigí a la Liendres y le dije: ¿Sabes qué?, yo me voy.

—Pues ya sabes huey dónde hay de la buena, no como la que te vende el Sarnas. Se pasa ese huey, le pone puro veneno pa’ las ratas y tú valiendo madres.

—Y eso fue todo, Don Santos.

—Mira pendejo, ya sabes que tú eres de los míos, nomás sé que andas buscando por otro lado, te chingo. Por lo pronto, la Liendres y el Teco ya valieron madres. Y para escarmiento nada más tiré uno en el Soler, pa’ que la raza se dé cuenta que nadie se mete en mi territorio, los otros ¿dónde quedaron?, ni me preguntes huey. Si así quieres tú desaparecer y que ni tu jefita te entierre, ya sabes… esos hijos de la chingada. Aquí te cuidamos a que no te pases y sigas vivo, te doy de la buena que te sirve pa’ la energía, jajaja, como un redbull, pero mejor, huey.

—Así fue como pasó, Memo. Por eso yo no digo nada. Si a tu compa le dijeron que era cobro de piso, le mintieron, fueron otros batos de otra colonia. De todos modos, le voy a contar al Sarnas. Él sabrá qué hacer.

—Ah, pinche Juan, en qué nadas. Bueno. Nos vemos mañana. A ver si el Caguamo llega en la noche por los costales de tierra.

  

V

Vientos de Santana

Dan las 11 de la noche. Recién había terminado el capítulo IV, cuando escuché gritos en la calle. Pensé de inmediato que era el Iván y sus secuaces que estaban armando otra trifulca. Me asomé a la ventana para ver que estaba pasando. La gente corría hacia todos lados y a ninguno. Pronto las sirenas de toda clase de vehículos de emergencia pasaron hacia el sur y dieron vuelta hacia la colonia Los Altos donde vive mi hija Denisse y mi nieta Arya. Los vientos de Santana han azotado toda la tarde noche; cables, tablas, láminas han volado por doquier. Intenté llamar a mi hija cuando me interrumpió la marcación una llamada. Era ella.

—¿Qué pasó, mija?

—Se está quemando frente de mi casa. Tengo miedo.

—Tranquila hija, voy por ustedes.

—no, Pa. Esta muy peligroso. Mira las fotos que te mandé.

—¡Ah cabrón! ¿Dónde es?

—La casa de enfrente.

—No salgas, mija. Fíjate hacia todos lados y ve por donde es seguro salir.

—Ya lo hice y en la calle de atrás hay otra casa quemándose, incluso cables de la luz. Mira, ya llegaron los bomberos y la gente cómo puede rocía agua a sus casas para que no se propague el fuego.

—Sí, por el patio de atrás se ven otras casas quemándose. Te mando la foto.

 —Entonces no te muevas de ahí. Acá en el edificio abandonado del correo que está frente a mi casa se está quemando el pastizal y los árboles. ¡Chingue su ma ¡El viento lleva brazas y ramas ardiendo hacías las casas vecinas! Me subiré al techo a mojarlo. Adiós. Cualquier cosa y me llamas. ¿Llamas?

Horas más tarde seguía el viento con mayor intensidad. Muchos techos volaron. Predios, basurales, carros abandonados ya caciqueados por la raza, todos ardiendo.

Veo con tristeza que ha arrasado a la ciudad ese viento que enciende como yesca cualquier cigarro. Pinches vientos de Santana, cada rato nos ataca. Pobre Tijuana. Tan lejos de Dios y tan cerca de quien chingados. Si todo está ardiendo y luego justo ahora no toca el “Tandeo del agua” pinche ley Bonilla nos tiene sufriendo por falta de agua. Disque cada diez días, nos cierran un día. La bronca es que como estamos en la cima de Tijuana duramos un día sin agua y el siguiente, puro viento, es como si el góber se burlara del pueblo pedorreándose por las cañerías.

 

VI

Ciudad desolada

Una Ciudad desolada por la pandemia, donde escribo Desde mi soledario lo que sucede en mi ciudad adoptiva. Bueno, mi ciudad. Ahora sí que soy tijuanense nacido en Obregón. Como dijera Chavela Vargas, “los mexicanos nacemos donde nos da la chingada gana”, y tuvo razón, llegué joven, de paso, o de regreso, como todos decimos, pero cuando volví a Yaquilandia me encontré un pueblo atrasado, sin futuro, con los mismos políticos que asesinaron  líderes campesinos en el Valle del Yaqui en los 60’s. Machi López aquel dirigente que mucho antes de César Chávez en California, peleaba por los derechos campesinos y en contra del robo de tierras a los Yaquis.

Un día tocaron a su puerta en la madrugada y lo asesinaron vilmente. Recuerdo la densa brisa que cubría la calle donde a unas cuadras se gestaba el magnicidio de un luchador social. Qué casualidad que gobernaba Alvaro Obregón hijo. Sí, el descendiente de los O’brien que llegaron de Irlanda a Sonora y consiguieron de Porfirio Díaz, tierras, dominio y enajenación de ranchos y pueblos yaquis. Por obvias razones castellanizaron el apellido irlandés por uno que sonara mejor. Y ya ven, lectores. Hasta la Villa Cajeme, mi pueblo, nombre en honor de un jefe Yaqui que peleó por sus tierras, le pusieron el apellido del gran ladrón, asesino, usurpador de los ideales de la revolución convertida en robolución entre él y su compadre Plutarco.

Ya sé que me desvié de la historia, pero da coraje que pasen esas cosas en nuestra patria y tengas que migrar lejos en busca de oportunidades.

Heme aquí como el primer habitante de Lomas del Porvenir el famoso  primer Infonavit del país, donde llegamos puros trabajadores y ahora está lleno de malandros, ratas, drogadictos, traficantes, mafiosos que cobran piso a los comerciantes locales y, la verdad, hay que “recogerse temprano” si no nos toca alguna bala, cuchillada o golpe para quitarnos los pocos pesos de nuestros bolsillos.

No todo es basura. Existe gente buena tratando de sobrevivir. Me siento entre ellos. Lucho por mi familia y sufro por lo que estamos pasando. Mis hijos, nueras, yernos, nietos, han sido contagiados por el virus de la pandemia. Algunos ya pasaron la enfermedad. Otros, murieron. Mi esposa y yo enfermamos de gripe. Nos hemos hecho la prueba, mientras los síntomas se recrudecen en mi mujer. No sé si al menos termine este penúltimo curso de la Maestría. Sólo Dios.

 

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