Ciudad desolada
Ciudad desolada
Guillermo Beltrán Villanueva
I
El Iván
—Señor. ¡Renta usted un cuarto?
Lo vi y no me atreví a contestar. Sabía de sus
intromisiones al viejo edificio de enfrente, abandonado desde que cerró el
correo postal, su consumo de drogas y su mal vivencia.
—Quiero recuperar mi vida, dejar las drogas, el
robo, quiero bañarme, usar ropa limpia, devolver la vida que tuve cuando mis
padres vivían.
Era común
escuchar durante la noche los pleitos verbales entre quienes como él salían del
edificio alegando cualquier cosa, golpeando paredes, tumbando botes de la
basura ante los gritos de los vecinos exigiendo silencio. Hacían caso omiso a los reclamos.
Lo observé detenidamente. Algo quedaba de aquel
muchacho que acompañaba a su padre a reparar o ejercer la construcción; se les
consideraban los mejores losetero. Tenía tanto trabajo en el vecindario
por lo que todos conocían al padre y al Iván. Muchacho taciturno que aspiraba
vivir en los Estados Unidos, experimentar esa vida extraña para los latinos; le
ayudaba a su padre un poco ajeno en pensamiento y acción por lo que
constantemente su padre le regañaba.
—Sí, Pa.
En realidad no le ponía atención.
Años después regresaba de esa aventura americana,
donde sus sueños se convirtieron en pesadillas y la “maravillosa vida a la
americana” fue muy diferente a como le contaron, se dio cuenta todo lo que
enfrenta el trabajador mexicano que emigra, quien de ser un mexicano de clase
media se convierte en un migrante hundido en la pobreza y sin alcanzar el
mínimo derecho como ser humano. Acaso vuelto esclavo, inmerso en el consumismo
que absorbe todo esfuerzo por lograr un estatus social, pero que es en realidad
una forma sofisticada de control,
enajenamiento, pérdida de valores e identidad y costumbres del país de origen.
Enfrentado ante la realidad que viven los migrantes
en los Estados Unidos; sin oportunidad de estudiar, de contar con servicios sociales, un hogar, un
trabajo honesto, le fue fácil caer en la delincuencia, la obtención de dinero
por medio del tráfico de drogas menores. Siempre de la mano y vigilancia de los
poderosos, la Policía, la CÍA y la DEA, elementos que se pasean en los barrios
bajos buscando sin encontrar, fieles a la máxima “dejar pasar” “dejar hacer”,
saludando negros portentosos, con cadenas de oro de quilotes de peso, no de
quilates, que los joroban y enorgullecen al paso mientras ruedan por el vecindario sus enormes vehículos descapotados
con los aditamentos más sofisticados capaces de reproducir imágenes virtuales sobre
ellos de bailarines de Rap, Soul Blues,
Ragtime, Jazz, Góspel, House o el Hip Hop.
Iván inmerso en la fantasía americana y la
facilidad del dinero se hizo adicto, el primer consumidor de su propia
mercancía y deudor eterno ante sus proveedores. Lo llevaron preso en un intento
de robo, terminando ahí su propio sueño. Ante la opción de pasarse la vida tras
las rejas como le hicieron saber, decidió solicitar la expulsión del país
norteamericano y terminar con esa aventura. Un guardia latino le contó sobre
las políticas de las empresas que manejan los reclusorios del los Estados
Unidos, consorcios prestanombres de políticos que reciben enormes cantidades de
dinero por cada preso que resguardan, entre más tiempo permanezcan, más dinero
para las compañías, por lo que existen
las consignas entre los guardias de ocasionar protestas, pleitos, toma de celdas,
patios, enfermerías, comedores, por líderes con la orden de dejar crecer los
choques, tomas de sitios, peleas y hasta asesinatos y proceder brutalmente. Ello
resulta en extensiones de penas para mantener confinados a los presos más
vulnerables, negros, asiáticos, mexicanos, centro y sudamericanos e indios
originales de los Estados Unidos desterrados en sus propios territorios.
—Mira, dijo, por eso estoy aquí, gracias
a manuel, el guardia mexicoamericano que me contó en detalle lo que sucede en
ese país gobernado por las corporaciones.
El Iván demostraba tener bastante información de
ciertas cosas que no sabe el común de la gente. Lo que me contaba, si era una
historia inventada tenía tanto sentido y verosimilitud que me sorprendía. Bien
dicen que la realidad se sustenta desde cada ser humano, de su propia
subjetividad. ¿Quién puede dudar de ello, después de ver la debacle en que nos
llevan las pandemias que padecemos? Sí, la pandemia de salud, de
desinformación, de la realidad virtual en un mundo enajenante; de la
incredulidad por las teorías de conspiración que nos hacen dudar de la gran
mortandad.
Ya tenía tiempo que rondaba por la calle. Algunas
veces se acomedía a ayudarme en reparaciones de la casa y los cuartos que rento.
De alguna manera abonaba a la idea de rentarle un cuarto. Conocía de todo, como
su padre, de quien supe que los vecinos le requerían sus servicios. Si el señor
no sabía reparar algo se empeñaba en aprender, desarmaba todo lo que le ponían
en sus manos, lo hacía escribiendo en una vieja libreta para usarla de guía en
la reconstrucción del artefacto, una vez sustituida la parte reparada o reinventada
a partir de otros componentes, simulaba su funcionamiento, lo instalaba y
entregaba al cliente. Satisfecho como lo demostraba la sonrisa dirigida al hijo
quien le observaba detenidamente.
Así es como el Iván aprendió y sobrevivía ahora para
sus vicios.
La Maggy me contó que cuando Iván regresó a la casa
paterna la encontró vacía, saqueada, abandonada, en ruinas. Sus padres no
resistieron su ausencia, su abandono. De pronto el anciano padre se marchitó,
ya no tenía a quien transmitirle sus conocimientos, a ese hijo que era su
propósito y motivo. Fueron años de sufrimiento que no resistió, ni su esposa
abandonada a la suerte del jefe de familia de quien recibió una buena vida, si
no de bonanza, sí de satisfacción plena como mujer, como ama de casa, madre y
esposa cuidadora del padre e hijo. Todo ello desapareció al marchitarse la vida
del anciano. De contar con lo más elemental al vacío absoluto de despensa,
alumbrado, gas, agua, nada tenían. La mendicidad se apoderó de ellos. Pronto la
caridad vecina se cansó y de su existencia vacía precedió la muerte de ambos en
un cuarto oscuro cuyo mal olor en el vecindario les hizo allanar la vivienda encontrando
a la pareja abandonada y sus cadáveres abrazados.
Hurgando entre los escombros Iván encontró la
libreta de apuntes de su padre. Entre las manchas de humedad y hongos
distinguió su nombre en la primera página y algunos rasgos que parecían decir: Para
mi hijo Iván. En ese cuadernillo se alojaba la sabiduría de un hombre que
soñó que su hijo convertiría en bienestar para sí mismo en base al trabajo
honesto y dedicado.
—Ivan, te he visto drogado, borracho, vociferando,
golpeando objetos de los vecinos, portones, autos, todo eso a media noche. Es
claro que sigues mal. Mi negocio es rentar. No puedo fiar, ni permitir que no
me paguen. De eso vivo. En estos días de pandemia dejé de cobrar tres meses
para que salgan adelante mis inquilinos. Me han puesto en una situación
precaria, pero puedo salir adelante. Los impuestos siguen igual, el gobierno
actual argumenta que ayuda a la gente y sí lo hace, veo largas filas en el
telégrafo de gente humilde y ancianos cobrando la ayuda, pero no perdona un
solo centavo de impuestos. Entiendo que los necesita para ayudar a la gente
humilde. Sé que el gobierno adelgaza la nómina, que se redujeron sueldos, pero
falta mucho para que sea un gobierno social, incluyente, todavía la gente hace
muchos sacrificios para sobrevivir.
Te daré ropa. Te permitiré bañarte en el cuarto del
patio. Quiero ver que cambies, que te asees, la presentación es muy importante
cuando buscas trabajo. La gente debe confiar en ti, que ya no robes para
drogarte. La última vez te llevaste parte de mi herramienta. Sí, recuerdo que
lo aceptaste y prometiste compensarme su valor con trabajo.
¿Entonces, ¿me va a rentar un cuarto?
—No.
—No.
II
¿Día
para dar gracias?
Pasaron
cuatro años desde aquel día que celebramos en familia la primera cena de “Thanksgiving”,
como nuevos residentes del país sajón había que adaptarse a las tradiciones
para nosotros extrañas en un país en que la familia no tiene mayor importancia
que el dinero, las actividades para obtenerlo y el consumismo; es decir, todo
aquello que la propaganda nos incita a comprar sin mediar en ello razonamiento
que avale tal necesidad.
Esas costumbres de las que no éramos
afines, pero que pronto adoptamos, nos llevó a la quiebra del presupuesto
familiar hasta que decidimos definitivamente, regresar al hogar de toda la
vida, donde los hijos crecieron y salieron para formar nuevas familias, siempre
con el apego a los padres, circunstancia que nos obligó a regresarnos, pues era
demasiado el costo para sobrevivir en esa sociedad extraña, vacía, con valores disímbolos
y moral distinta; en donde puedes acudir a la iglesia todos los domingos,
vestir traje de segunda o regalado, saludar a cada persona, aplaudir y repetir
Amen cuantas veces te sea obligado por los propios parroquianos; a escuchar a
ministros, pastores, que te recomiendan ser cordero de Dios y del gobierno;
trabajador, honesto, y nada de busca pleitos y exigencias de derechos laborales,
mientras ellos construyen mansiones que les sirven de modernos harenes,
programas de televisión idiotizantes y cuyo objetivo recaudatorio lleva a las
familias a la enajenación y serias crisis económicas.
Ah, y al final del servicio te ponen en la
banqueta a regalar bolsas de verduras cuya raquítica duración te obliga a
consumirlas el mismo día; latas de comida chatarra a punto de vencer, productos
de mala calidad o dañinos, bebidas azucaradas y con conservadores, a los transeúntes
como método clientelar, todos esos excedentes recibidos de los grandes mercados
y que para ellos les garantiza exención de impuestos y un lugar en el cielo.
Hartos de todo eso y más, un día recogimos lo que pudimos traer y lo demás los
colocamos en los grandes contenedores de basura para dejar limpio y entregar el
departamento.
Ahora estamos celebrando el Día de acción
de Gracias con pocos familiares debido a la pandemia que nos aqueja.
—Esta vez, no te toca preparar nada, mis
hijas y yo nos haremos cargo, me dijo mi esposa.
Muchos años de preparar la cena o comidas
conmemorativas en el hogar en virtud de uno de mis oficios, el de cocinero que
practiqué aquí en Tijuana y en los Estados Unidos. Decisión que se me hizo
extraña viniendo de mi familia, pues era normal que se ocuparan del arreglo de
la casa y los niños y yo de hornear, guisar, preparar desde las bebidas de
frutas, jarabes, salsas, cremas, ensaladas, carnes al horno, el tradicional
menudo blanco estilo Sonora, el pastel volteado de piña, las papas gratinadas y
horneadas, todos los alimentos menos los vinos, la especialidad de uno de mis
yernos.
Mi hija mayor se puso triste después de
recibir una llamada de mi otra hija residente de Victorville, California. La
misma que días antes nos había llamado para decirnos que una de sus hijas y sus
cinco hijos resultaron positivos al Covid 19, pero que no se sentían nada mal. Eso
calmó los ánimos de alguna manera y mi tranquilidad sobre la salud de mi nieta
y mis cinco bisnietos.
La cara alegre de Yesy, quien ya había
brindado varias veces, se puso triste. Y nada más se atrevía a balbucear (“—Ajá,
Sí, Ok, Ajá, está bien”). Nos quedamos serios para hurgar en la
conversación y saber el motivo de cambios de actitud de mi hija. Asunto que no
sospechábamos.
—Apá, parece que la reunión que tuvieron
mi madre, hermanas y sobrinos con la hija de mi hermana se contagiaron. De hecho,
se hicieron la prueba y salieron positivos. Nada más que mi madre se siente
mal. Dice que tiene problemas
respiratorios. Me preguntó si podemos conseguirles medicamentos de México ya
que en Estados Unidos están muy controlados y no recetan fácilmente nada contra
el Covid. No se arriesgan porque ellos dependen de la autorización del sistema
de salud para poder recetar algo o aplicarlo a los pacientes. Es por eso por lo
que se está muriendo tanta gente.
Mi esposa se acercó inmediatamente a mi
hija mayor y le dijo:
—¿Qué necesita tu Mamá?
Ya era común que mi actual esposa ayudara
a todos mis hijos mayores, consultaran para todo a la Mamá chiquita, tal
como mis siete hijos que no eran de ella le llamaban cariñosamente, los
primeros cuatro de María y los siguientes tres de Cande, sumados
a los tres de Ime, sumaban diez jóvenes hermanos, amorosos entre ellos,
respetuosos de las madres de cada camada y sobre todo de Ime a quien
adoraban y respetaban dada su inteligencia, su profesión de psicóloga y sobre
todo, la amistad y cariño que les profesaba a cada uno, eso la convertía en la
consejera amorosa en cada situación desagradable, crisis, desilusión, incluso en las desavenencias
conmigo como padre.
—Deja, mejor le hablo.
[“Hola, ¿Cómo estás?
[—Muy mal, creo que me va a llevar la
chingada. Tengo mucho miedo, por favor, dime que no me voy a morir. ¡No puedo
respirar! (¡ni ha bll arr!
[—Tranquila, tranquila, estas angustiadas
y es normal que pienses eso. Mira, eres joven todavía. Resiste.
[—No, no, me va a llevar la chingada, no.
Tengo miedo. Tanta chingadera que hice. Mis hijos que abandoné, la familia, el
hogar. Tú sabes que muchos años después me
vine a vivir cerca de ellos esperando su perdón y por lo que te has enterado de
mis hijos, los pleitos continuos son por el hecho de haberlos abandonado y
destruirles su futuro, ni porque se los robé a tu marido para traerlos a los
Estados Unidos, donde han sufrido de todo y que ha sabido salir adelante por
ellos mismos, no dejan de reclamarme a la menor oportunidad y más que tus hijos
recibieron una carrera universitaria y ellos no.
[—En este momento no pienses en esas
cosas. Fueron parte de tu vida y no los puedes borrar. Lo que haz hecho de
estar cerca de tus hijos y tus nietos está muy bien. Disfrútalos. Ellos
madurarán y se darán cuenta que con reclamos y pleitos entre ustedes no
remedian nada. Sus vidas no han sido fáciles, pero siempre hemos estado
pendiente de ellos yo y su padre.
Mi esposa se retiró a su recámara y ahí se
extendió la conversación bastante tiempo, al menos, creo yo, tranquilizó a
María.
Dos días después nos habla una de las
hijas para decirnos que su madre está muy grave, que necesita hospital, pero
que ella sigue aferrada a que si entra al hospital ya no sale viva.
Mi esposa le habla a su celular, pero no
le contesta. Le devuelve la llamada a Mayra, la hija y le pide que se la pase.
Por fin la convenció de que permitieran que la internaran en el nosocomio. No
sin antes pedirnos que le consiguiéramos un tanque de oxígeno ya que no podía
respirar bien.
Mi esposa hizo un llamado en el
conversatorio del feis donde nos comunicamos con los diez hijos. Rafael,
hijo de mi segunda esposa levantó la voz para decir que él podía conseguir el
tanque dadas sus relaciones como instalador de equipos neumáticos para
industriales. Así lo hizo y pronto nos devolvió el mensaje con la foto del
tanque diciendo que lo había conseguido en unos 4 mil pesos. Yesy, la hija mayor de María le pidió que se
lo comprara, para ello, le depositó en su cuenta, se entrevistó con el
vendedor, quien desgraciadamente su padre no pudo vencer el letal virus. Rafael
nos habló y dijo: “Se hizo la marmaja”.
En cuanto regresó mi esposa de su trabajo
en Estados Unidos ya esperábamos mi hijo y yo con el tanque de oxígeno en
nuestra casa de El Info. Le pedí las llaves de la Toyota para manejarla
y cruzar de nuevo la frontera y entregarle el tanque a mi hija Yesy para que se
lo llevara a su madre. Pronto llegó a Chula Vista en la estación del Troley acompañado
de su esposo, se lo entregamos y emprendieron el regreso hasta el hospital de Hesperia.
Al regresar a Tijuana nos comunicamos por
el mensajero con los hijos para avisarles sobre el envío del tanque.
Le pregunté a mi hija Xóchitl sobre el
progreso de su madre en cuanto a atención y salud y me compartió la información
recibida de sus hermanos de madre.
III
El Juan
Al
día siguiente, cansados y desvelados reinicié la construcción de un piso
especial para la lavadora grande, por lo que pronto se acercaron algunos de los
malandros que a veces me ayudan y a los que alimento y les doy algunos pesos.
—Hola Juan, ¿cómo estás?
—Bien jodido, ando con la malilla.
¿Ah, que Juan, con tus 60 años, sin
familia, trabajas para ti sólo y lo dedicas a las drogas?
—Las uso nada más para trabajar, no como
el pinche “Caguamo”, aquí presente.
—¿”Caguamo”?
—Sí, el Iván, pues.
Detrás de la puerta corrediza del zaguán
se asoma el Iván y dice:
—¿Entonces qué don Memo? ¿Quiere que le
ayude en algo? ¿Apoyo al Fantomas? Usted sabe cómo. ¿No?
—Mira Iván, la última vez me robaste las
pinzas de corte que compré carísimas y, no se vale que me hagas eso. Te di
comida durante tres días, te pagué 350 pesos diarios, sodas, lonche para
llevar, algo de ropa y te vas con mis pinzas recién compradas.
—Ya le dije que con trabajo se las
repongo. Usted sabe cómo. ¿No?
—¿Cómo ves Juan?
—Pin, pinche Fantomas, terció
el Iván, hazme el paro, te ayudo a que termines el piso de volada por algo
de feria. Se voltea hacia mí y dice:
—Usted sabe cómo. ¿No?
—Hijo de tu puta madre, le
riposta el Juan, anoche me robaste mi globito y hasta la vieja que ya había
aceptado uno cogidón por una línea.
—¡Ah, pinche puto! No te acuerdas de que
te quedaste dormido. La “Cucaracha” terminó cachambiándose sola, le diste el
globito y ya sabes cómo se les suben las hormonas a las rucas. Alcance a verla
miar en el rincón y luego se dedeó sola.
—Hey. Hey, intercedí
en su alegato, ¿saben qué, no vengan con sus conversaciones groseras aquí.
Estamos trabajando y no se vale que parezca un picadero o pleito entre
malandros como los que les oigo todas las noches. Si vas a ayudar Iván y de ahí
cobrarte las pinzas, calladito te ves mas bonito. Mira. Ves esos costales de
tierra y escombro que sacamos. Necesito que busques hoyos, baches, cerros a
punto de caer y los coloques como retén o tapes las cuarteaduras del cerro. Ya
vienen las lluvias y sabes como se pone la colonia, parece luna llena de
cráteres y pantano inundado del drenaje que brota de las alcantarillas. Busca con
qué llevarlos y vienes para que los acarrees.
—Bueno, nomás dígame si me compra este
carrito para el mandado y allí me llevo los costales Usted sabe cómo. ¿No?
—No, no ocupo nada de eso.
—¿Me puede adelanta algo? Necesito un
flamazo para agarrar fuerza. Usted sabe cómo. ¿No?
—Te doy comida, sodas, lo que necesitas,
pero no dinero para drogas. ¿Qué es un flamazo?
Tercia el Juan y dice:
—Cuando un cabrón compra su globito y lo
pone en un foco para quemarlo y aspirarlo, si cooperas con unos 20 pesos te
dejan darle un jalón al flamazo.
—¡Ah! Cuánta chingadera inventan.
Se acabó el día y el Iván le puso al
carrito un costal de tierra y se fue con sus cincuenta pesos. dejó la comida,
la soda. No volvió.
—Oye. Interpela Yayel,
el vecino metiche.
El Iván estaba anoche acarreando la
tierra, llegó otro malandro, le dio un putazo y le arrebató el carrito y le
gritó:
—¡Hijo de la chingada!, ¡me lo robaste!
¿Qué le hiciste al cable que ya había quemado para vender?
El Iván bien cagado le dijo que encontró
tirado el carrito. El bato se fue echando madres y el Iván con ojos espantados
también se fue.
—Te advertí que no le dieras dinero, dijo
el Fantomas. Ese cabrón así es, cuando regrese te va a inventar cada
pendejada.
—Ni modo. Le
contesté.
IV
Muertos
en El barrio
—Oye Juan, te quiero preguntar algo, tú
que conoces como está todo aquí en El Info.
—Dime, Guillermo.
—Hace unos días asaltaron a mi vecino
saliendo de su negocio, le dijeron que porque no pagaba piso.
—Mira, no creo. El Sarnas no se mete en
eso. Solamente distribuye y olvídate que alguien se meta en la colonia para
algo así, ni siquiera deja que vengan a rolar la droga entre nosotros. ¿Te diste cuenta de los que tiraron empacados
en El Soler la colonia de un lado?
—Algo supe de eso.
—Pero
¿cómo? ¡Si salió en las noticias! Mira, aquí traigo el recorte que me dio el
Sarnas.
—Estoy muy ocupado reparando computadoras
y haciendo instalaciones. Y como sabes, estoy estudiando.
—Deja te platico, pues. Llegó la
“liendres” a pedirme un toque y la verdad yo no tenía. Entonces me dijo que si
la acompañaba a la calle de abajo con unos compas. Sobres, le dije, y ai voy.
Llegamos con unos compas que no conocía y
de volantín me ofrecieron de tocho. La verdad no me arriesgué. Si se llega a
enterar el Sarnas, me va como en feria. Me salí y la dejé.
—¿Y qué pasó, Juan?
—¿Sí leíste en el recorte de un cuerpo que
aventaron en El soler?
—Sí.
—Ah, pos el Sarnas me llamó y de buenas a primeras
me dio un patín en las costillas. Huacha el moretón que traigo. Luego el
Chorcas, quien es su ajustador de cuentas, me puso una pistola en la cabeza,
mientras el Sarnas me preguntaba.
—¿Qué fuiste hacer a la Cala, esa maldita
calle que ya la sueño?
—¿A la Calamajué? ¿Cuándo?
¿No te hagas pendejo, tú sabes cuándo, te
fuiste con la Liendres? ¿Y sabes qué? Te puso el dedo. Dijo que tú la llevaste
a comprar.
—La neta. Sí fui con ella. Me dijo que iba
a ver unos amigos y nada más. Cuando llegué ya vi que dos batos que estaban ahí
tenían muchas drogas. Ella les habló y me preguntaron.
“¿—¿Tú, qué pes?
“—Yo, ¡NADA! Me
dirigí a la Liendres y le dije: ¿Sabes qué?, yo me voy.
—Pues ya sabes huey dónde
hay de la buena, no como la que te vende el Sarnas. Se pasa ese huey, le pone
puro veneno pa’ las ratas y tú valiendo madres.
—Y eso fue todo, Don Santos.
—Mira pendejo, ya sabes que tú eres de los
míos, nomás sé que andas buscando por otro lado, te chingo. Por lo pronto, la
Liendres y el Teco ya valieron madres. Y para escarmiento nada más tiré uno en
el Soler, pa’ que la raza se dé cuenta que nadie se mete en mi territorio, los
otros ¿dónde quedaron?, ni me preguntes huey. Si así quieres tú desaparecer y
que ni tu jefita te entierre, ya sabes… esos hijos de la chingada. Aquí te
cuidamos a que no te pases y sigas vivo, te doy de la buena que te sirve pa’ la
energía, jajaja, como un redbull, pero mejor, huey.
—Así fue como pasó, Memo. Por eso yo no
digo nada. Si a tu compa le dijeron que era cobro de piso, le mintieron, fueron
otros batos de otra colonia. De todos modos, le voy a contar al Sarnas. Él
sabrá qué hacer.
—Ah, pinche Juan, en qué nadas. Bueno. Nos
vemos mañana. A ver si el Caguamo llega en la noche por los costales de tierra.
V
Vientos
de Santana
Dan
las 11 de la noche. Recién había terminado el capítulo IV, cuando escuché
gritos en la calle. Pensé de inmediato que era el Iván y sus secuaces que
estaban armando otra trifulca. Me asomé a la ventana para ver que estaba
pasando. La gente corría hacia todos lados y a ninguno. Pronto las sirenas de
toda clase de vehículos de emergencia pasaron hacia el sur y dieron vuelta
hacia la colonia Los Altos donde vive mi hija Denisse y mi nieta Arya. Los
vientos de Santana han azotado toda la tarde noche; cables, tablas, láminas
han volado por doquier. Intenté llamar a mi hija cuando me interrumpió la marcación
una llamada. Era ella.
—¿Qué pasó, mija?
—Se está quemando frente de mi casa. Tengo
miedo.
—Tranquila
hija, voy por ustedes.
—no, Pa. Esta muy peligroso. Mira las
fotos que te mandé.
—¡Ah cabrón! ¿Dónde es?
—La casa de enfrente.
—No salgas, mija. Fíjate hacia todos lados
y ve por donde es seguro salir.
—Ya
lo hice y en la calle de atrás hay otra casa quemándose, incluso cables de la
luz. Mira, ya llegaron los bomberos y la gente cómo puede rocía agua a sus
casas para que no se propague el fuego.
—Sí, por el patio de atrás se ven otras
casas quemándose. Te mando la foto.
—Entonces no te muevas de ahí. Acá en el
edificio abandonado del correo que está frente a mi casa se está quemando el
pastizal y los árboles. ¡Chingue su ma ¡El viento lleva brazas y ramas ardiendo
hacías las casas vecinas! Me subiré al techo a mojarlo. Adiós. Cualquier cosa y
me llamas. ¿Llamas?
Horas más tarde seguía el viento con mayor
intensidad. Muchos techos volaron. Predios, basurales, carros abandonados ya caciqueados
por la raza, todos ardiendo.
Veo con tristeza que ha
arrasado a la ciudad ese viento que enciende como yesca cualquier cigarro. Pinches
vientos de Santana, cada rato nos ataca. Pobre Tijuana. Tan lejos de Dios y tan
cerca de quien chingados. Si todo está ardiendo y luego justo ahora no toca el “Tandeo
del agua” pinche ley Bonilla nos tiene sufriendo por falta de agua. Disque
cada diez días, nos cierran un día. La bronca es que como estamos en la cima de
Tijuana duramos un día sin agua y el siguiente, puro viento, es como si el
góber se burlara del pueblo pedorreándose por las cañerías.
VI
Ciudad desolada
Una Ciudad desolada por la pandemia, donde escribo Desde
mi soledario lo que sucede en mi ciudad adoptiva. Bueno, mi ciudad. Ahora sí
que soy tijuanense nacido en Obregón. Como dijera Chavela Vargas, “los
mexicanos nacemos donde nos da la chingada gana”, y tuvo razón, llegué
joven, de paso, o de regreso, como todos decimos, pero cuando volví a
Yaquilandia me encontré un pueblo atrasado, sin futuro, con los mismos
políticos que asesinaron líderes
campesinos en el Valle del Yaqui en los 60’s. Machi López aquel
dirigente que mucho antes de César Chávez en California, peleaba por los
derechos campesinos y en contra del robo de tierras a los Yaquis.
Un día tocaron a su
puerta en la madrugada y lo asesinaron vilmente. Recuerdo la densa brisa que
cubría la calle donde a unas cuadras se gestaba el magnicidio de un luchador
social. Qué casualidad que gobernaba Alvaro Obregón hijo. Sí, el descendiente
de los O’brien que llegaron de Irlanda a Sonora y consiguieron de
Porfirio Díaz, tierras, dominio y enajenación de ranchos y pueblos yaquis. Por
obvias razones castellanizaron el apellido irlandés por uno que sonara mejor. Y
ya ven, lectores. Hasta la Villa Cajeme, mi pueblo, nombre en honor de
un jefe Yaqui que peleó por sus tierras, le pusieron el apellido del gran
ladrón, asesino, usurpador de los ideales de la revolución convertida en
robolución entre él y su compadre Plutarco.
Ya sé que me desvié de la
historia, pero da coraje que pasen esas cosas en nuestra patria y tengas que
migrar lejos en busca de oportunidades.
Heme aquí como el primer
habitante de Lomas del Porvenir el famoso primer Infonavit del país, donde
llegamos puros trabajadores y ahora está lleno de malandros, ratas, drogadictos,
traficantes, mafiosos que cobran piso a los comerciantes locales y, la
verdad, hay que “recogerse temprano” si no nos toca alguna bala,
cuchillada o golpe para quitarnos los pocos pesos de nuestros bolsillos.
No todo es basura. Existe gente buena tratando de sobrevivir. Me siento entre ellos. Lucho por mi familia y sufro por lo que estamos pasando. Mis hijos, nueras, yernos, nietos, han sido contagiados por el virus de la pandemia. Algunos ya pasaron la enfermedad. Otros, murieron. Mi esposa y yo enfermamos de gripe. Nos hemos hecho la prueba, mientras los síntomas se recrudecen en mi mujer. No sé si al menos termine este penúltimo curso de la Maestría. Sólo Dios.
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